La historia del picó más emblemático de la champeta empieza con una señora vendiendo cerveza.
1986, Rocha, Arjona
En un corregimiento de Arjona, Bolívar —no en Cartagena— Ángela Arias, a quien todos conocían como «La Niña», tenía una tienda donde despachaba cerveza. Para animar el negocio fue al mercado de Bazurto y compró dos cajas de sonido. Esa compra es el origen de todo.
Lo bautizó «El Dios de Rocha». Pero La Niña era católica devota y el nombre empezó a incomodarla: le pareció que podía ofender. Dios solo hay uno, razonó. Así que le quitó el rango y lo dejó en Rey.
La familia que lo llevó a Cartagena
Sus hijos —la familia Iriarte Arias: Ubaldo, Aroldo, Noraldo, Arnaldo y Leonardo— continuaron el proyecto y lo sacaron de Rocha. Hoy Leonardo Iriarte figura como propietario y Noraldo, conocido artísticamente como Chawala, es copropietario y la voz que anima el picó.
En la práctica no hay un solo miembro de la familia que esté por fuera de la operación. El Rey de Rocha nunca fue una empresa con empleados: fue una casa que se dedicó a esto.
Cómo un problema de logística inventó un género
Aquí está la parte que casi nunca se cuenta.
Al principio el picó sonaba música africana importada, igual que sus rivales. La competencia entre picós se jugaba en quién conseguía el disco que nadie más tenía, y eso dependía de tener un corresponsal que lo mandara desde África.
Según Harold Iriarte, el Rey de Rocha se quedó sin ese canal. Necesitaba música nueva y no tenía quién se la enviara. La salida fue evidente y radical: si no llegaban discos, había que grabarlos.
De esa carencia salieron los primeros clásicos de lo que se llamó terapia criolla, y de ahí la champeta criolla como expresión propia. No nació de un manifiesto ni de una búsqueda estética: nació porque se acabó el suministro.
Cuarenta años
En 2026 el Rey de Rocha cumplió cuatro décadas. El III Mundial Musical de Champeta y Afro, celebrado el 5 de septiembre en la Plaza de Toros de Cartagena, se organizó como homenaje a ese aniversario.
El evento también reconoció a otros picós que hicieron historia —El Sabor, El Conde, El Géminis y El Imperio, este último como invitado especial—, reuniendo en un mismo escenario un legado picotero que normalmente se vive por separado, cada uno en su barrio y con su público.
Cuatro meses antes, en mayo, el Estado había declarado la champeta Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. El Rey de Rocha es la prueba concreta de qué significa eso: una tienda, dos bafles, una familia y cuarenta años.

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